La pequeña dictadora

«Padre, ¿podría llevarme mañana al Vaticano?» -preguntó. La madre Teresa de Calcuta había sido invitada a la misa del Santo Padre, y el padre Leo Maasburg no lo dudó un momento. Poco antes de las cinco de la mañana estaba listo para recoger a la madre Teresa y a otra hermana que la acompañaba.

Juntos llegaron a las dependencias vaticanas y, tras un rato de espera que llenaron haciendo oración -quince misterios del rosario y una novena rápida-, se les indicó que pasaran.

«El padre viene con nosotras», dijo firmemente la madre Teresa al guardia que había intentado detenerlo, puesto que no tenía invitación para asistir a la misa. Así el primer control, el segundo -«el padre viene con nosotras»-, el tercero -«el padre viene con nosotras»-, pero no el cuarto. A la entrada de los apartamentos papales dos policías vestidos de paisano detuvieron al padre.

– Madre, el padre no tiene permiso, por lo que no puede ir con usted.

– ¿Y quién puede darle permiso al sacerdote?

– Bueno, el mismo Papa, o quizá monseñor Dziwisz.

– Estupendo, entonces espere aquí -dijo la monja mirando a Maasburg-, que le voy a preguntar al Santo Padre.

– Per amore di Dio, madre Teresa! Es mejor que el padre vaya con usted -y mirando al padre-: Venga, pase.

La pequeña dictadora -así la llamaban cariñosamente quienes sabían de su cabezonería- se había salido con la suya. Así que el padre Maasburg no sólo entró en la misa privada del Santo Padre, sino que, minutos después, se preparaba bajo las órdenes del cardenal Dziwisz para concelebrar la misa con Juan Pablo II.

«Monseñor, el padre Maasburg va a concelebrar la santa misa con el Santo Padre», había notificado poco antes la madre Teresa.

Mons. Raúl Cuevas

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