El centro de la vida

Yo, me, mí, conmigo. El síndrome de Juan Palomo «Yo me lo guiso y yo me lo como» es bastante contemporáneo. Después de todo, ¿no se me invita a instaurar, al menos de puertas para adentro, la república independiente de mi vida?

Cuando hacemos un mapa tendemos a poner nuestro país en el centro. Es normal. Parece que la vida arranca de uno mismo, y luego, en círculos concéntricos, van entrando los otros. Mis padres, mis hermanos, mis amigos, mis amores, conocidos, desconocidos que pasan por mis días. E incluso oigo hablar de desconocidos a quienes no conozco… Pero, en el centro, yo y mis circunstancias, mi trabajo o mis estudios, mis días buenos y los que estoy de malas. Mis problemas e ilusiones. ¡No hay forma! La vida así es demasiado raquítica.

Vivir curvado sobre uno mismo no es demasiado recomendable. Al final pierdes horizonte, perspectiva y realidad. Todo lo propio se vuelve urgente, y ante lo ajeno te vuelves indiferente.

Pero la verdad es que la vida está hecha también de otras historias, de cosas que les pasan a los demás. De sus alegrías y sus dramas. De sus proyectos y sus amores. Y VIVIR, así, en mayúsculas, es ir tendiendo redes con esos otros, sintiéndose parte de algo mayor, sabiéndose vinculado a esas otras historias. De otro modo, un ego enorme puede hacerte ciego a los otros. Y ese es el camino seguro a la soledad más vital.

¿Parece una locura descentrarse? Pero no lo es. Locura es lo contrario, hacer que todo pivote tan en torno a uno que te quedes como ensimismado. De hecho, ¿no es verdad que las mayores preocupaciones, emociones, y lo que de verdad nos apasiona y alegra en la vida, tiene que ver con esos otros, y con el Dios que le pone sentido a todo? Es ahí donde se juega el amor, las mayores ilusiones, lo que nos quita el sueño o lo que nos eleva al cielo.

Convertirse uno mismo en el centro es demasiado minúsculo. Es mejor salir. Salir y dejarse bandear en el encuentro, en el choque, en la diversidad y la diferencia, en las preguntas que uno mismo no sabe responder.

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