El tabernáculo

La vida del creyente tiene una semejanza con el antiguo tabernáculo de Dios. En él, el atrio es un lugar de intensa actividad, mientras que el interior del santuario es un lugar de quietud. Para preparar los muchos sacrificios era necesaria la actividad de un gran número de levitas que llenaban el atrio de la mañana al atardecer.

En el Lugar Santísimo no había un solo hombre. Las cortinas de acceso al atrio constantemente se abrían para permitir la entrada o salida de las personas. El velo del Lugar Santísimo pendía quieto, intacto, pues nadie podía entrar allí. Afuera los movimientos y los ruidos evidenciaban el intenso servicio ritual. En el interior todo era quietud.

Así es la vida cristiana. Exteriormente podemos estar en contacto constante con las personas y, sin embargo, en nuestro interior permanecer imperturbables.

La actividad exterior no tiene por qué provocar inquietud interior. Al vivir delante de Dios en constante comunión espiritual tendremos todo lo que es necesario para hacer frente a la ocupación exterior de servir a los hombres que le buscan y necesitan.

Watchman Nee

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