¡Menudas razones!

Una tortuga vivía tranquilamente en el campo. Un día la invitó una prima que vivía en la ciudad a pasar unos días con ella. Ilusionada por el deseo de conocer algo de mundo, la tortuga campesina aceptó la invitación.

La distancia no era mucha, no más de un kilómetro, pero para la tortuga era ya un gran viaje. Se creyó capaz de realizarlo en breve tiempo y a la mañana siguiente se puso en camino.

Con mi paso seguro y constante –pensó-, antes del mediodía habré llegado con toda seguridad. Justo a tiempo de sentarme a la mesa.

Partió tatareando una musiquilla.

Camina, camina, camina… A medio día la tortuga había recorrido apenas unos centenares de metros.

Cuando oyó tocar las doce en un campanario, estalló:

¡Que campanario más estúpido! Si no hará ni una hora que salí de casa, y ya tocan las doce. Están todos los relojes desquiciados y los campanarios borrachos.

Camina, camina… Se puso el sol y el fulgor de las estrellas despuntó, pero la tortuga aún no había concluido su viaje.

Más enrabiada que nunca, se puso a despotricar:

¡El mundo no es ya lo que era! El sol se pone más deprisa, las estrellas aparecen fuera de horario y los días ¡ya no son de veinticuatro horas!

Y rezongando, retomó su camino maldiciendo la carretera, «muy pedregosa y tortuosa».

2 comentarios en “¡Menudas razones!

  1. ah lamentablemente se me hace tan conocida y tan familiar esa historia, muchas pero muchas veces le hechamos la culpa de todo a las «estupidas» cosas que suceden al rededor nuestro

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