Querida maestra…

Tal vez sea un poco tarde, pero hace mucho que quiero decirle estas palabras: Llevo muchos años vividos y a través de tanto tiempo, me di cuenta de todo lo que hizo por mí.

No sé dónde se encuentra hoy usted, pero sé que mi voz le llegará, haciéndose eco en las voces de otros alumnos o quizá sea el viento quien le cuente que estoy muy agradecido y que nunca la he olvidado. Usted me enseñó a leer, pero más que eso, me enseñó a vivir, a soñar, a querer.

Recuerdo cuando le conté que mis padres estaban separados y me puse a llorar. Usted lloró conmigo y yo aún siento el calor de sus manos acariciando mi cabeza despeinada. Ese día, nos perdimos el recreo…

También recuerdo la torta que trajo para mi cumpleaños ¡fue mi primera torta!

¿Sabe una cosa, Seño? Mi mamá estaba celosa de usted, pero la quería mucho, siempre me decía “Tu señorita te da el amor, las caricias y todo lo que yo no puedo darte. Te muestra el camino para que seas buena persona. Por eso, sé siempre agradecido y no dejes de quererla nunca.”

Perdóneme por haber tardado tanto en decirle cuánto la quiero.

Querida maestra, siga siempre así, enseñando, guiando, acompañando. Aunque a veces el agradecimiento llegue tarde o nunca llegue, todo lo que nos brinda dará sus frutos.

No voy a firmar la carta, porque mi nombre no tiene importancia, soy un alumno entre tantos.

Y el suyo no puedo escribirlo, porque es el de todas las maestras del mundo.

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