¿Das gracias a Dios por los alimentos?

Una pequeña historia nos habla de un niño que un día fue invitado a cenar en casa de un amiguito. Cuando el pequeño se sentó a la mesa, inclinó la cabeza y esperó que alguien diese gracias por los alimentos. Sin embargo, las demás personas que estaban a la mesa comenzaron a servirse la comida. El niño levantó la cabeza y, mostrando la inocencia propia de su edad, dijo: «Ustedes son iguales que mi perro. ¡Empiezan a comer enseguida!»

Resulta gracioso imaginar la cara que pusieron los presentes ante esta expresión del niño, pero es una triste realidad que está sucediendo no sólo en el mundo sino también en la Iglesia de Cristo. A la mayoría de los cristianos no les resulta fácil vivir conscientes de que los alimentos y todo lo demás que tenemos son un regalo de Dios, y que a Él debemos darle gracias.

Esta actitud refleja el mismo problema que Pablo destacó en su carta a los Romanos al referirse al pecado de ingratitud entre los gentiles. Dice Romanos 1:21: «Pues habiendo conocido a Dios, no le glorificaron como a Dios, ni le dieron gracias, sino que se envanecieron en sus razonamientos, y su necio corazón fue entenebrecido.» Aquellos que han conocido al Señor y saben que nuestro pan de cada día procede no de la tienda, sino en realidad de la gracia y el amor de nuestro Padre, y no le dan gracias, están actuando de esta manera, la cual no glorifica el nombre de Dios.

Jesús nos dio un buen ejemplo mientras celebraba la última cena con Sus discípulos pocas horas antes de Su muerte en la cruz. El apóstol Pablo describe este momento en su primera carta a los Corintios capítulo 11, versículos 23 y 24: «Porque yo recibí del Señor lo que también os he enseñado: Que el Señor Jesús, la noche que fue entregado, tomó pan; y habiendo dado gracias, lo partió, y dijo: Tomad, comed; esto es mi cuerpo que por vosotros es partido; haced esto en memoria de mí.» Si Jesús solía dar gracias al Padre por los alimentos, ¿no crees que nosotros debíamos seguir su ejemplo? Sin embargo, muchas veces actuamos de manera similar al pueblo de Israel a quien Dios proveyó del maná o «pan del cielo» diariamente mientras cruzaban el desierto, y no lo agradecieron sino más bien se quejaban constantemente.

En su primera carta a los tesalonicenses Pablo les aconsejó: «Dad gracias en todo, porque ésta es la voluntad de Dios para con vosotros en Cristo Jesús.» Ciertamente debemos agradecer a Dios por todas sus bendiciones y por su amor y su misericordia. Y cuando vemos en la televisión y en los periódicos la miseria en la que viven y el hambre que están pasando millones y millones de personas alrededor del mundo, deberíamos sentir en nuestros corazones el deseo de agradecer a Dios por su provisión diaria de alimentos.

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