La herencia

Pertenecía a su bisabuela y él sabía que debía ser muy cuidadoso. El jarrón era uno de los tesoros más preciados de su madre. Así se lo había afirmado.

El jarrón, puesto en alto, estaba fuera del alcance de sus pequeñas manos, pero de alguna manera lo logró. Solamente quería ver si el delgado borde de capullos de rosas iba todo por detrás. Él no se dio cuenta que las manos de un niño de cinco años, a veces son torpes y no están hechas para sostener delicados tesoros de porcelana.

Se hizo pedazos cuando golpeó el suelo y él comenzó a llorar. El llanto se transformó pronto en un sollozante gemido, que iba haciéndose más y más fuerte. Desde la cocina su madre oyó llorar a su hijo y vino corriendo. Sus pisadas apresuradas resonaron en la sala y doblaron la esquina. Ella entonces se detuvo, lo miró y vio lo que él había hecho. Entre sollozos, él pudo pronunciar dificultosamente las palabras: «rompí… el jarrón».

Y entonces su madre le dio un regalo. Con una mirada de alivio, su madre dijo: «Oh, gracias a Dios. ¡Pensé que te habías lastimado!» Y lo sostuvo tiernamente hasta que sus sollozos desaparecieron.

Ella fue perfectamente clara, él era su tesoro. A pesar de ser ya un hombre maduro, es un regalo que sigue manteniendo en su corazón.

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