¡Suelta!

Un niñito que jugaba un día con un jarrón muy valioso metió su mano dentro y no pudo sacarla. Su padre también trató lo mejor que pudo, pero en vano. Estaban pensando ya en romper el jarrón cuando el padre dijo:

– Ahora, hijo mío, tratemos una vez más. Abre tu mano y estira tus dedos como me ves, y entonces sácala.

Para su asombro, el chiquitín respondió:

– Oh no, papi. No podría estirar mis dedos así, porque si lo hiciera dejaría caer mi centavo.

Sonríe, si quieres, pero muchos de nosotros somos como ese niñito, tan ocupados aferrándonos al inútil centavo del mundo, que no podemos aceptar la liberación. Te ruego que sueltes esa minucia que tienes en el corazón. ¡Ríndete! Suéltalo, y deja que Dios haga Su voluntad en tu vida.

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