El simbolismo de la ceniza

La ceniza es el residuo de la combustión por el fuego de las cosas o de las personas. Este símbolo ya se emplea en la primera página de la Biblia cuando se nos cuenta que «Dios formó al hombre con polvo de la tierra» (Gen 2,7). Eso es lo que significa el nombre de «Adán». Y se le recuerda enseguida que ése es precisamente su fin: «hasta que vuelvas a la tierra, pues de ella fuiste hecho» (Gn 3,19).

Por extensión, pues, representa la conciencia de la nada, de la nulidad de la creatura con respecto al Creador, según las palabras de Abrahán: «Aunque soy polvo y ceniza, me atrevo a hablar a mi Señor» (Gn 18,27).

Esto nos lleva a todos a asumir una actitud de humildad («humildad» viene de humus, «tierra»): «polvo y ceniza son los hombres» (Si 17,32), «todos caminan hacia una misma meta: todos han salido del polvo y todos vuelven al polvo» (Qo 3,20), «todos expiran y al polvo retornan» (Sal 104,29). Por lo tanto, la ceniza significa también el sufrimiento, el luto, el arrepentimiento. En Job (Jb 42,6) es explícitamente signo de dolor y de penitencia. De aquí se desprendió la costumbre, por largo tiempo conservada en los monasterios, de extender a los moribundos en el suelo recubierto con ceniza dispuesta en forma de cruz. La ceniza se mezcla a veces con los alimentos de los ascetas y la ceniza bendita se utiliza en ritos como la consagración de una iglesia, etc.

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