¿Para qué usas tus ojos?

En la tarde de la víspera de Pentecostés, muchos jóvenes habían ido a la sacristía con la intención de confesarse con Don Bosco. Una señora de bastante edad bajaba llevando de la mano a una niñita de diez o doce años, con los ojos vendados. Se llamaba María Stardero, y venía de Vinovo con la intención de pedir una bendición a Don Bosco.

Don Bosco llegó a la sacristía y aquella señora, que resultó ser la tía de la ciega, se la presentó para que la bendijera.

– ¿Desde cuánto tiempo tienes enfermos los ojos? -preguntó Don Bosco a la niña.

– Que sufro, hace mucho; pero que no veo, serán dos años.

– ¿Has consultado a los médicos? ¿Qué dijeron? ¿Y te has puesto los remedios que te recetaron?

– ¿Remedios? Imagínese -dijo la tía- si hemos empleado remedios, pero sin resultado. Los médicos no dan ninguna esperanza de curación… -y la pobre anciana lloraba.

– ¿Distingues, por lo menos, los objetos mayores de los menores? -le preguntó Don Bosco a la niña.

– No distingo nada, nada.

– Quítele la venda -dijo Don Bosco a la señora-, y traiga a su sobrina cerca de la ventana. ¿Ves la luz de esta ventana?

– No veo nada, Padre.

– ¿Quieres ver?

– Sí; lo deseo más que a ninguna otra cosa de este mundo…

– ¿Te servirás de los ojos para bien de tu alma?

– ¡Lo prometo de corazón!

Don Bosco les preguntó si tenían fe en María Auxiliadora, y como la respuesta fuera afirmativa, les hizo rezar un Avemaría y la Salve, y les dio la bendición. Luego, sacando una medalla, le preguntó a la niña:

– ¿Qué tengo en la mano?

– ¡Es ciega, no ve nada! -interrumpió la tía.

Don Bosco volvió a preguntar a la niña:

– Fíjate bien; ¿qué tengo en la mano?

La niña hizo un esfuerzo, y abriendo bien los ojos y fijándolos en la mano de Don Bosco, y alzando los brazos, gritó:

– ¡Veo, veo!

– ¿Qué cosa?

– ¡Una medalla! ¡La medalla de María Auxiliadora!

– ¿Y qué hay del otro lado de la medalla?

– ¡San José con una vara florecida en la mano!

– ¡Oh, Virgen santa! -exclamó la tía- ¿Ves, entonces?

– ¡Pero sí que veo! ¡La Virgen me hizo la gracia! Y mientras decía esto, quiso tomar la medalla para besarla; pero se le cayó al suelo. La tía quiso levantarla; pero Don Bosco le dijo:

– Deje; veamos si la Virgen la curó completamente…

Y la niña levantó la medalla, y dando gracias a María Auxiliadora y a Don Bosco, salió corriendo hacia Vinovo.

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