El poder de un testimonio

Hace muchos años conversaban tres mujeres en el portal de una casa de cierta calle de Bedford, Inglaterra. Hablaban de Dios y de cómo Él las había salvado por medio de nuestro Señor Jesucristo, de cómo gozaban ahora de dicha paz, de cómo Él contestaba sus oraciones y cuán maravilloso era su Señor.

Tan enclavadas estaban en la plática, contándose de Dios y de su Salvador, que no se dieron cuenta que un hombre se aproximaba más y más hasta poder oír lo que ellas estaban diciendo. Él vio que estas humildes mujeres poseían algo real y sublime que él no tenía, algo que nunca había sabido ni experimentado. Jamás olvidó lo que había oído. Abandonó desde ese día sus antiguas compañías de gente impía y se dio a buscar el tesoro espiritual que aquellas sencillas señoras poseían.

Aquel hombre era Juan Bunyan, que más tarde sería el autor de «El Peregrino», una interesante alegoría de la vida cristiana. ¿Quiénes eran aquellas mujeres? Nadie sabe sus nombres. Simplemente eran mujeres cristianas que estaban dando testimonio, que estaban dejando brillar su luz ante el mundo.

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