El Amor nos da la Vida

Hay Amor con mayúscula y amor con minúscula. Hay amores de primera, segunda y tercera, como en los viejos trenes. El amor es lo más grande del mundo. «Aunque tuviera el don de hablar en nombre de Dios y conociera todos los misterios y toda la ciencia y aunque mi fe fuera tan grande como para trasladar montañas, si no tengo amor, nada soy» (I Cor. 13,13.)

Hay amores grandes que engrandecen al que ama y al que es amado. Amores que no matan ni cortan alas, sino que liberan y nos hacen trascender nuestros pequeños egoísmos. Estos amores con mayúsculas -en palabras de Etty Hillesum, una joven judía muerta en el campo de concentración de Auschwitz- nos hacen sentirnos felices con nosotros mismos y con los demás.

Estoy enormemente agradecida por esta vida. Me siento crecer. Cada día me doy cuenta de mis faltas y de mis mezquindades, pero conozco asimismo mis posibilidades. Y, además, amo, amo a los buenos amigos; pero este afecto no me aísla de los demás seres humanos. Amo a todo lo ancho y hasta los confines del mundo, amo una enormidad, incluso a aquellas personas por las que no experimento espontáneamente ninguna simpatía; ¡es preciso llegar hasta ahí! Me meto, agradecida, en mi pequeña cama solitaria.

Es sorprendente: cuando me encuentro así, extendida sobre mi espalda, tengo verdaderamente la impresión de estar acurrucada contra esta buena y vieja tierra, aunque en realidad reposo sobre un confortable colchón. Pero cuando me encuentro acostada así, tan intensamente presente y distendida a la vez, y tan desbordante de gratitud por todo, es como si estuviera en comunión con… sí, ¿con qué? Con la tierra, con el cielo, con Dios, con todo.

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