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Cuaresma - Evangelio 21 mar 08

21 Marzo 2008 | General | Pepe Barrascout Ortiz | 4 veces servida

seg�n San Juan 18,1-40.19,1-42.

Despu�s de haber dicho esto, Jes�s fue con sus disc�pulos al otro lado del torrente Cedr�n. Hab�a en ese lugar una huerta y all� entr� con ellos.
Judas, el traidor, tambi�n conoc�a el lugar porque Jes�s y sus disc�pulos se reun�an all� con frecuencia.
Entonces Judas, al frente de un destacamento de soldados y de los guardias designados por los sumos sacerdotes y los fariseos, lleg� all� con faroles, antorchas y armas.
Jes�s, sabiendo todo lo que le iba a suceder, se adelant� y les pregunt�: “�A qui�n buscan?”.
Le respondieron: “A Jes�s, el Nazareno”. El les dijo: “Soy yo”. Judas, el que lo entregaba, estaba con ellos.
Cuando Jes�s les dijo: “Soy yo”, ellos retrocedieron y cayeron en tierra.
Les pregunt� nuevamente: “�A qui�n buscan?”. Le dijeron: “A Jes�s, el Nazareno”.
Jes�s repiti�: “Ya les dije que soy yo. Si es a m� a quien buscan, dejEn que estos se vayan”.
As� deb�a cumplirse la que �l hab�a dicho: “No he perdido a ninguno de los que me confiaste”.
Entonces Sim�n Pedro, que llevaba una espada, la sac� e hiri� al servidor del Sumo Sacerdote, cort�ndole la oreja derecha. El servidor se llamaba Malco.

Jes�s dijo a Sim�n Pedro: “Envaina tu espada. � Acaso no beber� el c�liz que me ha dado el Padre?”.
El destacamento de soldados, con el tribuno y los guardias jud�os, se apoderaron de Jes�s y lo ataron.
Lo llevaron primero ante An�s, porque era suegro de Caif�s, Sumo Sacerdote aquel a�o.
Caif�s era el que hab�a aconsejado a los jud�os: “Es preferible que un solo muera por el pueblo”.
Entre tanto, Sim�n Pedro, acompa�ado de otro disc�pulo, segu�a a Jes�s. Este disc�pulo, que era conocido del Sumo Sacerdote, entr� con Jes�s en el patio del Pont�fice,
mientras Pedro permanec�a afuera, en la puerta. El otro disc�pulo, el que era conocido del Sumo Sacerdote, sali�, habl� a la portera e hizo entrar a Pedro.
La portera dijo entonces a Pedro: “�No eres t� tambi�n uno de los disc�pulos de ese ?”. El le respondi�: “No lo soy”.
Los servidores y los guardias se calentaban junto al fuego, que hab�an encendido porque hac�a fr�o. Pedro tambi�n estaba con ellos, junto al fuego.
El Sumo Sacerdote interrog� a Jes�s acerca de sus disc�pulos y de su ense�anza.
Jes�s le respondi�: “He hablado abiertamente al mundo; siempre ense�� en la sinagoga y en el Templo, donde se re�nen todos los jud�os, y no he dicho nada en secreto.
�Por qu� me interrogas a m�? Pregunta a los que me han o�do qu� les ense��. Ellos saben bien lo que he dicho”.
Apenas Jes�s dijo esto, uno de los guardias all� presentes le dio una bofetada, dici�ndole: “�As� respondes al Sumo Sacerdote?”.
Jes�s le respondi�: “Si he hablado mal, muestra en qu� ha sido; pero si he hablado bien, �por qu� me pegas?”.
Entonces An�s lo envi� atado ante el Sumo Sacerdote Caif�s.
Sim�n Pedro permanec�a junto al fuego. Los que estaban con �l le dijeron: “�No eres t� tambi�n uno de sus disc�pulos?”. El lo neg� y dijo: “No lo soy”.
Uno de los servidores del Sumo Sacerdote, pariente de aquel al que Pedro hab�a cortado la oreja, insisti�: “�Acaso no te vi con �l en la huerta?”.
Pedro volvi� a negarlo, y en seguida cant� el gallo.
Desde la casa de Caif�s llevaron a Jes�s al pretorio. Era de madrugada. Pero ellos no entraron en el pretorio, para no contaminarse y poder as� participar en la comida de Pascua.

Pilato sali� a donde estaban ellos y les pregunt�: “�Qu� acusaci�n traen contra este ?”. Ellos respondieron:
“Si no fuera un malhechor, no te lo hubi�ramos entregado”.
Pilato les dijo: “T�menlo y j�zguenlo ustedes mismos, seg�n la Ley que tienen”. Los jud�os le dijeron: “A nosotros no nos est� permitido dar a nadie”.
As� deb�a cumplirse lo que hab�a dicho Jes�s cuando indic� c�mo iba a morir.
Pilato volvi� a entrar en el pretorio, llam� a Jes�s y le pregunt�: “�Eres t� el rey de los jud�os?”.
Jes�s le respondi�: “�Dices esto por ti mismo u otros te lo han dicho de m�?”.
Pilato replic�: “�Acaso yo soy jud�o? Tus compatriotas y los sumos sacerdotes te han puesto en mis manos. �Qu� es lo que has hecho?”.
Jes�s respondi�: “Mi realeza no es de este mundo. Si mi realeza fuera de este mundo, los que est�n a mi servicio habr�an combatido para que yo no fuera entregado a los jud�os. Pero mi realeza no es de aqu�”.
Pilato le dijo: “�Entonces t� eres rey?”. Jes�s respondi�: “T� lo dices: yo soy rey. Para esto he nacido y he venido al mundo: para dar testimonio de la . El que es de la , escucha mi voz”.
Pilato le pregunt�: “�Qu� es la ?”. Al decir esto, sali� nuevamente a donde estaban los jud�os y les dijo: “Yo no encuentro en �l ning�n motivo para condenarlo.
Y ya que ustedes tienen la costumbre de que ponga en libertad a alguien, en ocasi�n de la Pascua, �quieren que suelte al rey de los jud�os?”.
Ellos comenzaron a gritar, diciendo: “�A �l no, a Barrab�s!”. Barrab�s era un bandido.
Pilato mand� entonces azotar a Jes�s.
Los soldados tejieron una corona de espinas y se la pusieron sobre la cabeza. Lo revistieron con un manto rojo,
y acerc�ndose, le dec�an: “�Salud, rey de los jud�os!”, y lo abofeteaban.
Pilato volvi� a salir y les dijo: “Miren, lo traigo afuera para que sepan que no encuentro en �l ning�n motivo de condena”.
Jes�s sali�, llevando la corona de espinas y el manto rojo. Pilato les dijo: “�Aqu� tienen al !”.
Cuando los sumos sacerdotes y los guardias lo vieron, gritaron: “�Crucif�calo! �Crucif�calo!”. Pilato les dijo: “T�menlo ustedes y crucif�quenlo. Yo no encuentro en �l ning�n motivo para condenarlo”.
Los jud�os respondieron: “Nosotros tenemos una Ley, y seg�n esa Ley debe morir porque �l pretende ser Hijo de ”.
Al o�r estas palabras, Pilato se alarm� m�s todav�a.
Volvi� a entrar en el pretorio y pregunt� a Jes�s: “�De d�nde eres t�?”. Pero Jes�s no le respondi� nada.
Pilato le dijo: “�No quieres hablarme? �No sabes que tengo autoridad para soltarte y tambi�n para crucificarte?”.
Jes�s le respondi�: ” T� no tendr�as sobre m� ninguna autoridad, si no la hubieras recibido de lo alto. Por eso, el que me ha entregado a ti ha cometido un pecado m�s grave”.
Desde ese momento, Pilato trataba de ponerlo en libertad. Pero los jud�os gritaban: “Si lo sueltas, no eres del C�sar, porque el que se hace rey se opone al C�sar”.
Al o�r esto, Pilato sac� afuera a Jes�s y lo hizo sentar sobre un estrado, en el lugar llamado “el Empedrado”, en hebreo, “G�bata”.
Era el d�a de la Preparaci�n de la Pascua, alrededor del mediod�a. Pilato dijo a los jud�os: “Aqu� tienen a su rey”.
Ellos vociferaban: “�Que muera! �Que muera! �Crucif�calo!”. Pilato les dijo: “�Voy a crucificar a su rey?”. Los sumos sacerdotes respondieron: “No tenemos otro rey que el C�sar”.
Entonces Pilato se lo entreg� para que lo crucificaran, y ellos se lo llevaron.
Jes�s, cargando sobre s� la cruz, sali� de la ciudad para dirigirse al lugar llamado “del Cr�neo”, en hebreo “G�lgota”.
All� lo crucificaron; y con �l a otros dos, uno a cada lado y Jes�s en el medio.
Pilato redact� una inscripci�n que dec�a: “Jes�s el Nazareno, rey de los jud�os”, y la hizo poner sobre la cruz.
Muchos jud�os leyeron esta inscripci�n, porque el lugar donde Jes�s fue crucificado quedaba cerca de la ciudad y la inscripci�n estaba en hebreo, lat�n y griego.
Los sumos sacerdotes de los jud�os dijeron a Pilato: “No escribas: ‘El rey de los jud�os’, sino: ‘Este ha dicho: Yo soy el rey de los jud�os’.
Pilato respondi�: “Lo escrito, escrito est�”.
Despu�s que los soldados crucificaron a Jes�s, tomaron sus vestiduras y las dividieron en cuatro partes, una para cada uno. Tomaron tambi�n la t�nica, y como no ten�a costura, porque estaba hecha de una sola pieza de arriba abajo,
se dijeron entre s�: “No la rompamos. Vamos a sortearla, para ver a qui�n le toca”. As� se cumpli� la Escritura que dice: Se repartieron mis vestiduras y sortearon mi t�nica. Esto fue lo que hicieron los soldados.
Junto a la cruz de Jes�s, estaba su y la hermana de su , Mar�a, de Cleof�s, y Mar�a Magdalena.
Al ver a la y cerca de ella al disc�pulo a quien �l amaba, Jes�s le dijo: “, aqu� tienes a tu hijo”.
Luego dijo al disc�pulo: “Aqu� tienes a tu ”. Y desde aquel momento, el disc�pulo la recibi� en su casa.
Despu�s, sabiendo que ya todo estaba cumplido, y para que la Escritura se cumpliera hasta el final, Jes�s dijo: Tengo sed.
Hab�a all� un recipiente lleno de vinagre; empaparon en �l una esponja, la ataron a una rama de hisopo y se la acercaron a la boca.
Despu�s de beber el vinagre, dijo Jes�s: “Todo se ha cumplido”. E inclinando la cabeza, entreg� su esp�ritu.
Era el d�a de la Preparaci�n de la Pascua. Los jud�os pidieron a Pilato que hiciera quebrar las piernas de los crucificados y mandara retirar sus cuerpos, para que no quedaran en la cruz durante el s�bado, porque ese s�bado era muy solemne.
Los soldados fueron y quebraron las piernas a los dos que hab�an sido crucificados con Jes�s.
Cuando llegaron a �l, al ver que ya estaba muerto, no le quebraron las piernas,
sino que uno de los soldados le atraves� el costado con la lanza, y en seguida brot� sangre y agua.
El que vio esto lo atestigua: su testimonio es verdadero y �l sabe que dice la , para que tambi�n ustedes crean.
Esto sucedi� para que se cumpliera la Escritura que dice: No le quebrar�n ninguno de sus huesos.
Y otro pasaje de la Escritura, dice: Ver�n al que ellos mismos traspasaron.
Despu�s de esto, Jos� de Arimatea, que era disc�pulo de Jes�s -pero secretamente, por temor a los jud�os- pidi� autorizaci�n a Pilato para retirar el cuerpo de Jes�s. Pilato se la concedi�, y �l fue a retirarlo.
Fue tambi�n Nicodemo, el mismo que anteriormente hab�a ido a verlo de noche, y trajo una mezcla de mirra y �loe, que pesaba unos treinta kilos.
Tomaron entonces el cuerpo de Jes�s y lo envolvieron con vendas, agreg�ndole la mezcla de perfumes, seg�n la costumbre de sepultar que tienen los jud�os.
En el lugar donde lo crucificaron hab�a una huerta y en ella, una tumba nueva, en la que todav�a nadie hab�a sido sepultado.
Como era para los jud�os el d�a de la Preparaci�n y el sepulcro estaba cerca, pusieron all� a Jes�s.

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